lunes, 4 de noviembre de 2013

¿Spoilers? Sí, pero con respeto



Ah, los celebérrimos spoilers. El perpetuo quebradero de cabeza seriéfilo, origen de infinidad de discusiones: qué es spoiler, qué no lo es, cuánto tiempo ha de pasar para poder comentar en foro público acontecimientos de series sin que se considere spoiler… Es un asunto complejo en el que intervienen muchos factores pero en el que, en mi opinión, por encima de todo tiene que primar el respeto.

Siempre he visto series de televisión. Recuerdo innumerables noches peleando porque me dejaran ver Ally McBeal o Expediente X en Telecinco, las sobremesas de sitcom en Canal + con Friends, De repente Susan, El secreto de Verónica o Dame un respiro, las mañanas de La 1 con V… pero como muchos, el acercamiento definitivo a este mundillo me llegó de la mano de Lost y la revolución de las descargas en internet. Hablamos de primeras aproximaciones en 2005 y de una consolidación, conociendo su idiosincrasia de manera más profunda aproximadamente para 2008, con el consecuente no visionado de muchas de las series imprescindibles de la historia de la pequeña pantalla.

Gente como yo convive, sigue en RRSS y lee habitualmente a otros que llevan en esto mucho tiempo, que tiene un conocimiento más amplio, que han visto todas estas series en las que muchos aún damos nuestros primeros pasos. Y el spoiler es inevitable. Es injusto que pretenda cercenar conversaciones y artículos por el mero hecho de que yo no haya visto las cosas sobre las que quieren y pueden hablar, tan injusto como exponerlas sin ningún tipo de delicadeza, gritándolas, metafóricamente, a los cuatro vientos sin preocuparse por el que empezó ese camino un poco más tarde, por temas muchas veces tan azarosos como la edad.

Toda esta discusión surge a raíz de una conversación que tornó en discusión sobre un artículo en el penúltimo número de la Revista Cuore. En él, con motivo del por entonces inminente Halloween, se repasaban las muertes más celebres de la pequeña pantalla. Halloween y un especial sobre muerte en la sección de televisión de una revista, hasta ahí todo perfecto. El, grave, problema era la presentación.

Un artículo a doble página bajo el enorme título de “Muertes en serie”, o algo similar, no sigo teniendo el número en cuestión, en el que se podían ver fotos de tamaño más que considerable sobre personajes muertos, muchos de ellos de series ya finiquitadas. Un artículo sin aviso de spoilers en el que realmente no hacía falta porque abrir la revista por esa doble página y estar en posesión de dos ojos funcionales era más que suficiente para empaparte de la lista de personajes caídos, quisieras o no. Un artículo cuya información solo habría podido evitar de tener el sentido arácnido de Spiderman avisándome del peligro que entrañaba pasar a la siguiente página.

Realizar un reportaje de esas características es una agresión. Una cosa es hablar en un bar con un amigo sobre el final de Six Feet Under y otra muy distinta coger un altavoz y empezar a relatarlo para todo el mundo porque, al ser una serie acabada hace 10 años, si no la has visto, te jodes (como me dejó claro el Community Manager de Cuore, cito textualmente: “Apunta esta ley universal: LOS SPOILERS A LOS TRES MESES PRESCRIBEN. Y si no, tiempo has tenido...”). La clave de la convivencia es el respeto. Dudo que nadie caiga en el ridículo de exigir el mutismo absoluto sobre el desarrollo y final de una serie pero siempre hay maneras de intentar evitar que alguien se encuentre con una información que no desea conocer. Que la inevitabilidad de los accidentes no dé pie a que los provoquemos conduciendo por el carril contrario.
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viernes, 4 de octubre de 2013

The Blacklist, Marvel's Agents of S.H.I.E.L.D. y los procedimentales

Antes de entrar en materia analizando dos de los dramas más a priori potentes de la temporada 2013-2014, he de aclarar que no soy gran fan de los procedimentales. Rara vez consiguen darme ese algo extra para que las tramas autoconclusivas no me resulten repetitivos y acabe abandonando con el paso de los capítulos. Por eso consumo tan poco drama de network, cadenas a las que les encanta este tipo de producto como han vuelto a demostrar esta temporada con The Blacklist y Marvel´s Agents of S.H.I.E.L.D.

No considero que por el hecho de ser procedimental una serie tenga necesariamente que ser de segunda fila. Pero sí me parece un género en el que a menudo se tiende a la pereza, en especial a la hora de escribir los casos, tan similares entre sí que parecen sacados de una plantilla en la que se alteran mínimamente un par de elementos (un ejemplo, El mentalista). Para paliar este defecto necesito que el resto de elementos sean lo suficientemente potentes para que me apetezca volver semana tras semana.

Personajes, ganchos argumentales y universo propio. Tres elementos que pueden aportar el picante extra que necesita un procedimental para engancharme. Un buen reparto capitaneado por un personaje potente, que pueda cargar el peso de la serie a sus espaldas. Un gancho argumental que la serie teja de fondo, lo suficientemente interesante como para que me apetezca seguir su evolución. Un universo propio donde desarrollar sus historias, tan alejado del mapeado habitual que sus tramas autoconclusivas se tengan que salir a la fuerza del sota, caballo, rey. Expuesto lo que busco en un procedimental, es hora de juzgar si The Blacklist y Marvel's Agents of S.H.I.E.L.D. lo tienen, o al menos van camino de hacerlo.

El peor defecto de la primera es su fracaso en intentar construir uno de estos protagonistas potentes que carguen con el peso de la serie. El Raymond Reddington de James Spader es un cliché punto por punto del psicópata estilo Hannibal Lecter, un arquetipo manido a más no poder del que, para más inri, ya tuvimos otras dos versiones la pasada midseason (aunque una fuera la excelente reinvención de Hannibal).

Superado el rechazo inicial que me provoca el personaje de Spader, los dos primeros capítulos de The Blacklist son bastante decentes. Plantea un par de misterios lo suficientemente interesantes para que quieras conocer su resolución. Y si bien Raymond Reddington como personaje no es nada del otro mundo, su participación en los casos aporta un factor de imprevisibilidad que los hace más soprendentes de lo habitual. Por ahora, compro.

Por su parte, tras ver los dos primeros capítulos tengo la sensación de que Marvel's Agents of S.H.I.E.L.D. corre el riesgo de ser la clásica serie de eterno potencial y poca realidad. No tiene unos personajes especialmente atractivos. Tampoco plantea algún gancho argumental del que necesite ver su resolución. Y mientras que el primer caso era aceptable el segundo es de los de piloto automático, de los más cutres. En definitiva, lo apuesta todo al universo Marvel que pretende recrear, algo que no transmite bien en estos dos episodios.

La duda que me asalta sobre S.H.I.E.L.D. es si puede y quiere construir de verdad un universo Marvel o le basta con mencionar a los Vengadores en cada capítulo mientras hace un simple procedimental SyFy. El universo de Marvel es tan grande en cuanto a héroes, villanos, razas alienígenas y acontecimientos que no cabría en 200 secuelas de Los Vengadores. S.H.I.E.L.D, por tanto, tendría material de sobra que explorar pero hace falta que la serie tenga esa ambición y sobre todo ese dinero (al respecto de los $$, el segundo capítulo me pareció bastante más chusco que el primero). Todavía está demasiado indefinida para poder juzgarla, pero el tiempo pasa y el público no espera (ya perdió un cuarto de sus espectadores de un capítulo a otro).

Bonus track: Parece que Sleepy Hollow, ya renovada, también tira por el camino procedimental aunque es tan excesiva, tan aquí vale todo, que es entretenida a la fuerza. Y además contará con John Noble.

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lunes, 30 de septiembre de 2013

Los tres finales de Breaking Bad

En alguna de las entrevistas concedidas durante los años en los que se emitía Los Soprano, David Chase confesaba no entender, incluso sentirse horrorizado por el amor que el público profesaba hacia Tony Soprano. Chase nunca tuvo intenció de dibujarlo como alguien con el que empatizar y explicaba que cuando recibía feedback de ese tipo escribía a Tony haciendo algo especialmente horrible para provocar la reacción natural que él esperaba en el espectador ante un tipo tan despreciable, algo que, para su frustración, nunca logró.

Los Soprano inauguró la época del antihéroe en televisión, una época que no se entiende sin la controversia sobre la reacción del público hacia esta figura. Como creadores de dos series televisivas con protagonistas antiheróicos, David Chase y Vince Gilligan coinciden en muchas cosas pero el sentir hacia sus protagonistas no es una de ellas, algo que me ha quedado claro tras Felina, la oda de amor final a Walter White.

Felina es el capítulo final que contiene todo lo que un amante de Walter White podría esperar. Una victoria del personaje, como ya anticipó Gilligan meses antes de que comenzara a emitirse la tanda final de episodios. Vemos a Walter ir un paso por delante de todos, idear planes brillantes, castigar a los que se alzaron contra él y en definitiva, salirse absolutamente con la suya por última vez. Felina es por tanto una reafirmación de todo el camino recorrido, tanto por Walter dentro de la serie como por la propia serie en sí. Ni Gilligan ni Walter moverían una baldosa de su particular camino amarillo hacia Oz. Lo hicieron por ellos, porque eran bueno haciéndolo, porque se sentían vivos haciéndolo. Y si pudieran retroceder, volverían a hacerlo. Exactamente igual.

A la hora de juzgarlo es posible que muchos traten a este episodio final como complaciente, y realmente lo es. Es un final feliz. En los retorcidos términos de fondo y forma de Breaking Bad pero, definitivamente, un happy ending. Más que juzgarlo como el camino fácil lo veo como un homenaje de Vince Gilligan a todos los que han hecho posible estos 6 años de Breaking Bad. Porque, no lo neguemos, sea o no moralmente reprobable, el combustible que ha permitido a la serie recorrer tantos kilómetros ha sido el amor de los espectadores por Walter White. Un final cruel para el personaje habría sido cruel con sus espectadores.

Felina es el final absoluto, el final físico por así decirlo, pero la historia que Breaking Bad pretendía contar se cerró con Ozymandias. Sus dos últimos episodios han sido un epílogo, una fase bonus, un homenaje a todos sus espectadores, incluido ese otro sector del público, el que jamás bancó a Walter White. Si Felina es un regalo para sus acolitos, Granite State es la otra cara de la moneda. El penúltimo capítulo de Breaking Bad el cierre duro, aspero y anticomplaciente que se podría considerar que merecen unos personajes tan hasta las cejas de mierda como Jesse y Walter.

Dos finales opuestros unidos por un improbable truco argumental que les da solución de continuidad para no presentarlos abiertamente como lo que son: dos entes independientes que funcionan como los "What if?" opuestos de la historia. Walter hundido y entregándose frente a Walter muriéndo heróicamente. Jesse esclavizado por Todd frente a Jesse volando libre. La solución definitiva a las dos pulsiones encontradas que ha provocado siempre la serie. Simplemente, elija su propio final.
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martes, 24 de septiembre de 2013

El amable secuestro de Hostages

No descubriré nada nuevo al decir que el planteamiento de muchas series, especialmente aquellas de temáticas más extremas, se sustenta sobre hechos inverosímiles. Pequeñas tretas argumentales necesarias para que la ficción arranque y sobre las que preferimos dar un salto de fe, vendarnos los ojos para ser capaces de disfrutarlas. El problema llega cuando tras ese salto de fe inicial aterrizamos sobre arenas movedizas, como es el caso de Hostages.

He de admitir que desconozco si de verdad sucede así pero me parece difícil de creer que en el Estados Unidos post 11-S, con toda la psicósis existente alrededor del terrorismo, el médico que va a operar a vida o muerte al presidente dé una rueda de prensa en televisión. Y si lo hace, que no tenga agentes del servicio secreto hasta en los armarios. Sin embargo lo compro como hecho necesario para que se pueda producir el secuestro, desencadenante argumental de la serie. Lo que me resulta más indigesto es todo lo que sucede a continuación.

Un secuestro es una situación desagradable, incómoda, tensa, en la que temes continuamente por la integridad de los rehenes. El secuestro sobre el que gira Hostages es, al menos en el piloto, diametralmente lo opuesto. Cuando se trata esta temática es habitual encontrar al prototipo de personaje con remordimientos, amable con los rehenes. Un elemento excepcional que sirve de contraste, humaniza a los delincuentes e incluso alivia la tensión. En Hostages todos los secuestradores obedecen a ese perfil. Todos ellos establecen vínculos con sus rehenes, el error número uno en el manual del secuestrador y que resulta ridículo que una banda liderada por un experto en secuestros cometa en bloque. Esta actitud provoca que la serie sea incapaz de transmitir que los rehenes corren auténtico peligro provocando que la tensión desaparezca de un plumazo, error fatal en una historia de estas características.

Esto es producto del enorme condicionante que la serie ha establecido sobre sí misma al colocar como principal al personaje de Dylan McDermont, cabecilla secuestrador. Y es que por muy antiheroico que sea, no se puede escribir a un protagonista como detestable desde el primer minuto. La empatía, la conexión emocional que el espectador establezca con este personaje, es uno de los elementos que le llevarán a volver semana tras semana. Y es sumamente difícil empatizar con un protagonista al que el piloto muestra maltratando a una familia inocente. Tan difícil como hacer una serie sobre un secuestro con un amable cabecilla de los delincuentes creíble. El equilibrio entre estas dos pulsiones opuestas explicará en gran medida el éxito o el fracaso de Hostages.


La falta de tensión es el sello del fallido piloto de Hostages. Ni la tiene el secuestro, por las razones anteriormente citadas, ni la tiene la operación del presidente, por el simple hecho de que no sabemos nada sobre él (apenas le vemos) y nos preocupa más bien poco que viva o muera (como bien apuntaba la crítica norteamericana), algo que el cliffhanger que cierra el capítulo debería poder subsanar. Una de las dudas sobre la serie, si sería capaz de alargar satisfactoriamente una historia así durante 13 episodios, queda parcialmente resuelta en este cliffhanger que da dos semanas extra de plazo para la operación del presidente, tiempo que la serie deberá invertir en lograr que nos preocupemos por los personajes y en fabricar un secuestro verosimil. Tiempo de gracia que le concederé a Hostages hasta emitir mi veredicto final.
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lunes, 23 de septiembre de 2013

Evidenciando el insolito relleno

Pues se acabó el tortuoso camino. Dexter echa el cierre definitivo tras la que ha sido posiblemente su temporada más floja (incluida la de Colin Hanks, sí). Un final que sin dejar de ser correcto arroja ciertas sombras sobre la serie y en particular sobre sus últimas temporadas.

No son pocos los casos de series que transmiten la sensación de no haber tenido nunca claro hacia donde se dirigían, una sensación que se acentúa especialmente tras su final. Lost es el más claro ejemplo, acusada de no tener un plan más allá de las primeras temporadas, juzgada como producto de la improvisación. El final de Dexter se me antoja como el caso contrario. Todo indica que los últimos diez minutos de la serie llevan pensados casi desde sus comienzos y que simplemente se ha trabajado para adaptarlos a las circustancias de sus últimas temporadas.

Aceptando la premisa de que lleva años planificado, ¿estamos ante un buen final? Es difícil decir que sí. Si bien casa perfectamente con los personajes que involucra y el tono de la serie, se siente artificial, como metido con calzador, en lugar de ser producto natural del desarrollo de los acontecimientos. Tanto el desenlace en sí como la manera de construirlo se podrían haber utilizado en cualquier otra temporada, lo que no deja de definirlo como ente independiente y artificioso dentro de la historia. Este hecho, que no tendría porque resultar problemático en sí en otra serie, no hace más que evidenciar las últimas temporadas de Dexter como un relleno absoluto, algo muy poco habitual.

El alargamiento antinatural de una serie suele responder a las motivaciones económicas de la cadena que la emite. El objetivo de sus responsables es llegar del punto A al punto B y cuando una serie se confirma como un éxito, su cadena se encarga de que la línea que separa A y B sea lo más larga posible para sacar tajada. Por eso las temporadas más superfluas, las que sirven de relleno, suelen ser las centrales. Las más cercanas a los extremos son las más relevantes; las próximas A encargadas de construir el universo de la serie, las próximas a B encargadas de construir su final. Dexter es sin embargo, una de los pocos dramas que se iba volviendo más superfluo según se acercaba a B, algo que hemos sospechado a lo largo de estos últimos años y que ha confirmado su final.

Normalmente el fin de este relleno, dure lo que dure, lo marca un acontecimiento destinado a precipitar el desenlace de la serie, un punto tras el que ésta deja de sestear argumentalmente y que sirve como base para construir el cierre de la historia. Incluso antes de que sucediera, cualquier espectador de Dexter esperaba que ese punto fuera el descubrimiento por parte de Debra de la auténtica identidad de su hermano, un hecho que sin embargo ha resultado intrascendente, provocando la intrascendencia de las últimas temporadas de la serie. El final de Dexter se explica perfectamente sin su desencadenante. Su ausencia no alteraría para nada los últimos diez minutos de la serie, algo que deja sus últimas entregas con el culo al aíre como absolutamente innecesarias y pobremente construídas.


Probablemente las sensaciones ante este final serían muy distintas de haberse producido en la quinta temporada de la serie. Se sentiría igual de artificial pero sería menos frustrante al no estar construido sobre (largos) caminos que no iban a ninguna parte. Un hecho que quizás le habría conseguido un puesto más destacado en el Olimpo de las series, un lugar en el que, tras estos 8 años, dificilmente tendrá hueco.
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martes, 17 de septiembre de 2013

El (absurdo) Jinete sin Cabeza

Juzgar un drama por su piloto siempre es difícil. En apenas 40 minutos debe quedar clara la permisa de la serie e introducirse satisfactoriamente los dos o tres personajes principales. Y además resultar entretenido. Si el piloto es además de una network, la cosa se complica.

En el cable los responsables de una serie tienen, habitualmente, el colchón de tener asegurada la primera temporada entera, por lo que pueden plantear un desarrollo más pausado y por lo tanto mejor elaborado. Un serie de network, por la contra, bien podría ser cancelada tras la emisión del primer episodio si la audiencia no acompaña así que necesita enganchar al espectador desde el primer minuto y para ello suelen recurrir a una, sobrecogedora, avalancha de información. Ponerle al espectador todas las cartas encima de la mesa esperando que sean lo suficientemente atractivas para que quiera volver. Ésto los convierte en piezas narrativamente forzadas en las que la información no fluye de manera natural, como es el caso de Sleepy Hollow, el primer estreno en drama de la temporada. Y la peor noticia para la serie es que éste no es su peor defecto.

No es su peor defecto pero es un defecto muy presente. La cantidad de información que la serie despacha en el piloto bien podría haberse repartido a lo largo de una, si no varias, temporada. En apenas 44 minutos hemos pasado de una historia sobre el Jinete Sin Cabeza a un bigger plan que incluye a los Cuatro Jinetes del Apocalípsis enviados por un demonio que quiere acabar con la humanidad. Ah, y también hay brujas. Un escenario que no tendría porque resultar ni forzado ni absurdo en una serie fantástica producto de su evolución y que al presentarse de golpe no podría parecer más ridículo.

Este defecto no obstante podría quedar, más o menos, paliado si los demás elementos del piloto funcionaran, pero no lo hacen. Para empezar los personajes protagonistas están encarnados por dos actores que tienen serios problemas a la hora de transmitir emociones humanas. No sé a quién es más surrealista ver actuando como si no pasara nada, al que ha despertado 250 años en el futuro o a la que acaba de ver como un señor sin cabeza decapita a su compañero. Aún así, hay que romper una lanza en favor de Tom Minson y Nicole Behaire a los que pone la zancadilla más el guion que su (aparentemente escaso) talento.

Y a pesar de todo esto, su mayor lastra, el clavo final del ataúd de Sleepy Hollow, es su tono involuntariamente cómico. Cuando en un piloto dramático sobre el Jinete Sin Cabeza te ríes mucho es que algo no va bien. El episodio tiene momentos propios de la peor película de serie B, de esas que ves con tus amigos para echarte unas risas. El más impagable de ellos, el Jinete disparando a la vez con una escopeta y una ametralladora. Lo dicho, digno de Nazis vs Aliens.

A pesar de que solo la estoy juzgando por su piloto creo que no es muy aventurado decir que Sleepy Hollow es clara candidata a los premios "Hatewatching" y "Tan-mala-que-es-buena" del año. Apunta a serie desastrosa lo que no quiere decir necesariamente que sea un fracaso. Su tono involuntariamente cómico (que sus creadores deberían convertir en cómico a secas) y sus ganas de quemar trama como si no hubiera un mañana pueden enganchar al público ya que olvidándonos de todo lo demás, el episodio es francamente entretenido.
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lunes, 16 de septiembre de 2013

El despertar

Jesse: “Some straight like you, giant stick up his ass, age what? Sixty? He's just gonna break bad?”

Walter -“I´m awake”

(Breaking Bad. Pilot)


El despertar es uno de los conceptos base que ha manejado Breaking Bad desde su primer capítulo. Despierto es como se define Walter a Jesse cuando éste cuestiona desconfiado sus motivaciones para empezar a fabricar metanfetaminas. Despierto a un nuevo mundo de sensaciones por ausencia de la parálisis con el que el miedo nos condiciona. Un despertar que no es más que una farsa. Porque Walter Hartwell White no estaba despierto, estaba borracho.

Borracho de la libertad del que se sabe con las horas contadas. Voraz de sensaciones, de darle a su recta final la emoción que no ha tenido ningún momento de su vida. Su enfermedad fue la excusa perfecta para iniciar esa inconsciente vía sin remordimiento, pero solo eso, una excusa, como dejó claro su furiosa reacción a la remisión de la misma (S02E10 Over). Una vez iniciado este camino, Walter haría lo imposible para no abandonarlo jamás. Cuando las consecuencias de sus actos le han estallado en la cara, cuando se ha visto atrapado por la tela de araña que ha ido tejiendo a su alrededor de manera inconsciente, solo entonces, Walter ha experimentado el auténtico despertar, rodeado de la mierda en la que, cual anti rey Midas, se ha convertido todo lo que tocó.

La historia de Walter White ha sido la del niño jugando con fuego que ha tardado más de la cuenta en quemarse. A lo largo de cinco temporadas y media ha sido capaz de superar cualquier piedra en el camino y lo que es más remarcable, lo ha hecho sin sufrir ningún tipo de consecuencia, sin que su paradigma vital, su familia, se viera significativamente alterado. Cada enemigo derrotado, cada victoria sin consecuencias negativas para los suyos era para Walter la raya de turno del yonki: colocón, excitación, emoción y una creciente sensación de invulnerabilidad. Por eso ha sido especialmente doloroso el golpe de realidad que le ha supuesto este Ozymandias, escenificado perfectamente por la crudeza del asesinato de Hank, una ejecución carente de un ápice de belleza o épica. Un acto que ha situado a Walter plenamente dentro del mundo en el que se ha movido y del que nunca ha sido realmente consciente. “...El hombre más inteligente que he conocido y aún así lo suficientemente estúpido para no ver...” un retrato sencillo y directo a través de las últimas palabras que Hank le dedica a su cuñado. El más doloroso despertar.

Si Walter es el niño que tardó mucho en quemarse a Jesse le estalló el mechero en la mano la primera vez que lo cogió. Por eso ha intentado huir, sin éxito, de él una y mil veces y por eso su penoso destino es el que más nos encoge el corazón. Walter le culpa del asesinato de Hank por haber traspasado su código de honor. “Ésto es entre nosotros” le dice a Jack cuando trata de salvar la vida de su cuñado, la letra escarlata de Jesse al haber interpuesto terceros en un asunto personal. En la retorcida moral de Walter, propia del mundo criminal e impronta de cuánto le ha transformado esta borrachera de cinco años, el que Jesse acudiera a la DEA es más reprobable que intentar asesinarle. Dictada la sentencia de muerte a Walter aún le queda un momento de misericordia para el que un día consideró casi un hijo con la confesión del asesinato por omisión de Jane. No creo que sea un acto de odio, una bala metafórica en la cabeza antes de la real que está a punto de recibir, si no una ruptura con dolor. Prefiere que muera odiándole que sintiéndose traicionado por él (otra vez ese retorcido honor). Algo que de saber los planes de Todd para Jesse probablemente jamás habríamos visto y que sin duda traerá cola en el desenlace de la serie.

Y cuando creíamos que lo peor ya había pasado para Walter, intacto, en paz con los nazis y con aún diez millones en el bolsillo, llegó Maríe como séptimo de caballería para salvar el honor de los Schrader en su particular batalla contra Heisenberg, una bala final que Walter no podía ver venir. Sin la intervención de su cuñada el discurso de coge a los niños-tengo diez millones-estamos en peligro-empecemos una vida nueva que le suelta a Skyler habría surtido efecto y nos encontraríamos ante el final de la serie, con Holly dando sus primeros pasos en alguna playa perdida de la costa de Argentina. Marie, sin saberlo, le aplica a Walt el más directo ojo por ojo, tu familia por la mía. Heisenberg derrotado por el enemigo más inesperado.

La ejecución de Hank, o la sentencia de Jesse no rivalizan ni de lejos con el momento más duro del episodio, cocinado desde el cold open, una escena que nos hace testigos del auge y caída de los White. En ella el núcleo familiar de Walt se completa, con la identificación del bebé como Holly, en los mismos instantes en los que completa su proceso de creación el primer alijo de cristal cocinado por Walt, la piedra inicial del camino que terminará en la sobrecogedora escena del salón de este 5x14. Poco se puede decir que haga justicia a los minutos más intensos y agobiantes de la historia de la televisión reciente, culminados por el “we´re a family” the Walt, que pasa en segundos de aseveración a ruego al comprender, viendo cómo su hijo se interpone entre él y Skyler, que no hay vuelta atrás: su familia ha quedado destruida para siempre.

Tras el climax del episodio, dos despedidas, la de Heisenberg y la de Walter White, pues un tercero concluirá la historia en su lugar. Heisenberg se despide con el rapto de la pequeña Holly, un acto iracundo y fútil marca de la casa de los peores momentos del tipo del sombrero negro. La ternura de la pequeña pronunciando la palabra mamá por primera vez hace aparecer a Walter White que intenta redimirse con esa llamada con la que pretende exculpar a su mujer y darle una segunda oportunidad a la familia a la que nunca regresará. Devolver a Holly es el último acto del buen hombre que un día fue y del que ya no quedará rastro una vez suba a ese coche para emerger como el señor Lambert, el mismo que grabará a fuego y sangre los últimos minutos de una de las mejores producciones audiovisuales jamás vista.
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