Antes de comenzar a
explicar el porqué la tercera temporada de The Waking Dead (en
especial su segunda mitad) ha colmado mi paciencia con la serie,
conviene aclarar que escribo estas líneas antes de ver su season
finale, para evitar que mi juicio se endulce si por enésima vez un
cierre apoteósico salva una temporada televisiva de la quema total.
Dicho lo cual, al grano.¿Ha sido la tercera temporada de The Walking Dead la peor de la serie? Ni mucho menos, pero en ella sí se han dado unas condiciones que, para mí, han contribuido a que sea la más decepcionante de las tres, motivos que comienzo a desgranar.
Primer pecado: jugar con nuestras ilusiones. Tras los dos primeros años en los que la serie era un quiero y no puedo, la tercera temporada arrancó de manera espectacular. Ocho capítulos tensos y trepidantes que nos hicieron pensar que por fin se había convertido en lo que tenía potencial para ser, olvidando su ritmo cansino y sus valles de absoluto tedio. Sin embargo a la vuelta del parón nos encontramos por un caminar por el desierto intrascendente, una serie de capítulos-paja sin nada que aportar, destinados a rellenar para conseguir aplazar el enfrentamiento entre los grupos de Rick y el Gobernador hasta la season finale (si es que no han alargado la procrastinación argumental con la que nos han castigado hasta la cuarta temporada)
Segundo pecado: una adaptación no literal, con filler. Sobre The Walking Dead se ha dicho en incontables ocasiones que no busca ser una adaptación literal del cómic homónimo, sin embargo la tercera temporada ha caído en uno de los fallos más habituales de las que sí lo son: el temido filler, las tramas inventadas, hablando mundanamente. El filler es una herramienta que se suele usar en las adaptaciones de manga a anime para evitar que la serie animada alcance el ritmo del manga, es decir, la publicación original en la que se basa. Y si bien, no estamos ante un caso de filler "de manual", la segunda mitad de la serie me ha recordado a tantos capítulos de Naruto, por poner un ejemplo, destinados a hacer bulto sin más misión que ganar tiempo y aplazar el avance de la trama. Episodios como el de la reunión de Rick y el Gobernador, cuarenta y dos minutos dedicados a algo que podrían haber resuelto en 15, dan buena cuenta de ello.
Tercer pecado: si tienes algo bueno, aprovéchalo. La serie de AMC no es una adaptación literal. Lo tenemos claro. Pero eso no significa que haya que cambiarlo absolutamente todo. El arco de la prisión, uno de los más celebrados por los seguidores del cómic, cuenta mucho más que la confrontación con Woodbury, que es a lo que se ha reducido la temporada. Como consecuencia, el punto anterior, la obligación de estirar el chicle para rellenar 16 capítulos con una historia que no da para tanto. Si tienes buen material original y tiempo de sobra para contarlo ¿por qué omitirlo?
Cuarto pecado: la irremediable sensación de que nada va a cambiar. Este es sin duda, el punto más duro de todos. En la primera dijimos que no se la podía juzgar duramente ya que se trataba de una temporada atípica, de tan solo seis capítulos. En la segunda que se enfrentaban por primera vez a una temporada completa. En la tercera ya no hay clavo al que agarrarse para excusar los problemas de la serie: The Walking Dead es así intencionadamente. Su ritmo lento, sus tramos increíblemente aburridos o los capítulos y capítulos en los que no pasa nada no son consecuencia de ningún problema, son el estilo de la serie. Y un estilo, dicho sea de paso, con el que arrasa en audiencia. Y si algo funciona tan bien, ¿por qué van cambiarlo?
Tres temporadas después queda claro que The Walking Dead es esa relación que se sostiene más en lo que crees que puede llegar a ser la otra persona que en lo que realmente es. Cuando se cae la venda tienes dos opciones, aceptarla o cortar. Y mi relación con Rick y compañía no tiene visos de alargarse.





